La mañana en la que se fue Curro; la tarde en la que murió Antoñete

Por Álvaro Acevedo / Fotos: Maurice Berho

El calendario taurino tiene sus propias estaciones, y si la primavera empieza para nosotros en las Fallas, el verdadero otoño arranca cuando la Feria del Pilar pega su último coletazo. Por esa misma razón, el que ve la vida por la mirilla del toreo quizá incluya este 22 de octubre entre las fechas más tristes del año. Todo llega y todo pasa, pero Curro Romero y Antoñete tienen algo de eternos.

Tal día como hoy, pero justo arrancando el siglo, Curro Romero toreaba en La Algaba mano a mano con Morante de la Puebla. No era una corrida de toros, sino un festival a beneficio de ANDEX, la asociación que María Luisa Guardiola abanderó hasta su fallecimiento y que lucha, trabaja y vela por los niños andaluces enfermos de cáncer. Hubo quienes afearon la idea a los toreros tras haberse quitado ambos de una corrida en Sevilla, pues para algunos era más importante la causa del empresario de la Maestranza, que la planta de oncología infantil del hospital Vírgen del Rocío.

Curro vio cómo un novillo cogía de mala forma a Morante y decidió que ya estaba bien de tentar la suerte, de demostrar que aquel al que muchos veían como el torero más medroso era, en realidad, el más valiente. No solo por torear de esa manera, con ese aplomo, ese aroma y ese compás, sino por hacerlo, además, con 66 años, sin temblarle aún el pulso. Que le acompañara Morante en el cartel podría tener algo de simbolismo, pero, para ser honestos, hemos de reconocer que Romero no le entregó ningún testigo a José Antonio, porque los genios caminan al margen del resto. Por una senda distinta. En un mundo diferente. El vacío que dejó Curro no lo ocupó nadie. Cuando se vaya Morante sucederá lo mismo.

Justo once años después moría del tabaco un pedazo de Madrid, el corazón palpitante de Las Ventas. En cómo un torero de otra época enamoró a toda una nueva generación de aficionados reside su misterio. Antoñete, un torero clásico, caminaba hacia el toro con la solera que solo pueden tener los toreros viejos, aunque luego le crujieran los huesos en cada media verónica, y en cada pase de pecho echara los pulmones por la boca.

Crápula y a la vez dandi, y torero por los cuatro costados, su tauromaquia guardaba el secreto de las distancias, se anunciaba en la pureza frontal del cite, temblaba en un embroque colosal. Si se marchó y regresó tantas veces fue porque este veneno se te mete en la sangre con más saña que la nicotina. Murió con un cigarro en la mano, como podría haberlo hecho con la muleta y la espada.

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